Cuando alguien me pregunta cómo empezó todo, mi respuesta es simple y a la vez un poquito pícara, romántica y espiritual: “En la cama”. Como muchas cosas importantes en la vida, para mí todo comenzó ahí. Y es ese el momento en el que capto la atención de quien me interroga, que me mira con sorpresa pensando si es una respuesta divertida, o si se trata de algún tratado filosófico escapado de algún capítulo de la Guía de Los Descarriados. Siendo sincero contigo mi respuesta tiene un poco de todo, muchas veces la vida se origina en una cama, como también el amor, el placer, el descanso, y lo más importante para mí, los sueños.

¿Quién no sueña o soñó alguna vez en la vida?  Es sabido que todos, en mayor o menor medida tenemos deseos y aspiraciones que hacen que nuestros días brillen más de lo cotidiano. La diferencia está en que muchas veces, por distintas razones los vamos postergando, o hasta nos olvidamos de ellos. Y así sucedió que una mañana como todas las anteriores, me levanté para comenzar con mi día, o mejor dicho, con mi rutina diaria, cuando me di cuenta de que algo maravilloso había ocurrido mientras dormía. Había comprendido al fin que concretar los anhelos de mi vida dependía de mí y de nadie más. No tenía más la necesidad de encontrar a quién cargarle la culpa de no dejarme perseguir mis ideales, o esconderme tras excusas como “ahora no puedo porque estoy en la Universidad”, o “ahora tampoco puedo porque tengo un buen trabajo”, o  “ahora no porque…­” . Esa mañana fue la mañana en que a pesar de la lluvia, el sol brillo más que nunca dentro de mí.

Ese mismo día renuncié a mi trabajo en una importante empresa multinacional con oficinas en todos los rincones del mundo, para correr tras de mis sueños y aventuras por el mundo.  Así fue como empezó todo. Por supuesto, fui el blanco de muchas críticas y desacuerdos por parte de amigos y conocidos que creían, o creen, que la plenitud se alcanza con un título profesional, un trabajo bien remunerado, un coche último modelo y otras banalidades que, muchos de nosotros sabemos, nada tienen que ver con la verdadera felicidad.

Mis ambiciones eran simples. Siempre había querido tener una experiencia de vida en otro país, aprender otros idiomas, conocer otros pueblos, viajar por el mundo, disfrutar de la naturaleza en otras tierras y vivir la vida en todo su esplendor. Y así fue que compré mi boleto de avión a Nueva Zelanda, donde empecé a convertir mis anhelos en realidad. ¿Fácil? Nada lo fue, pero la sensación de realización personal era tan fuerte que no había obstáculo que hubiera podido detenerme. Comencé a vivir mi experiencia en el extranjero estudiando inglés, experimentando otras culturas, y sobre todo, haciendo muchísimos amigos. No tarde mucho tiempo en comprender cuán importante fue aprender a comunicarme en otro idioma. Más allá de las oportunidades laborales que me daría en un futuro, el hecho de poder compartir experiencias de vida, historias y alegrías con personas de tierras muy lejanas y sociedades tan diferentes fue algo extraordinario. Sin el inglés como nexo, esas amistades nunca hubieran sido posibles.

Y así fue cómo toda mi vida cambió a partir de tomar la decisión de perseguir mis sueños, que fueron sucediendo en orden maravilloso y divino a lo largo de 5 años y casi 30 países recorridos a partir de aquella mañana en que decidí romper paradigmas y liberarme de todas las estructuras mentales creadas por el medio y mis circunstancias. Desde ese momento he vivido así, haciendo amigos de ruta, compartiendo historias, disfrutando de los amaneceres y atardeceres en otras tierras, nadando en otros mares y océanos, escalando y caminando en la solemnidad de las montañas y el verde de las selvas, observando el brillo enamorador de la luna y su poesía, y deleitándome en todos esos pequeños momentos que hacen que te des cuenta de lo formidable que es el regalo de soñar, y la oportunidad que nos da la vida de hacer los sueños realidad.

Desde lo más profundo de mi corazón, espero que puedas cumplir los tuyos. Ahora con tu permiso me despido, que tengo que acostarme para seguir soñando.